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» Vebor, lengua y lenguaje Cognomatica

Vebor, lengua y lenguaje

5-mayo-2014 § § 3 comentarios


leyenda

Fig 1. Lenguaje y conocimiento

> Leyenda urbana

ES IMPOSIBLE, hasta la fecha, identificar una lengua originaria, la que corresponde al Homo sapiens, una protolengua. Aceptamos, tácitamente, la existencia de una lengua  protoindoeuropea (PIE) origen de las nueve grandes familias lingüísticas. No sabemos, y es lo que queda, señalar y marcar los eslabones que unen a los distintos troncos. ¿Buscamos, acaso, lo inexistente o lo accesorio e irrelevante? Lo único cierto es que buscamos la lengua PIE en la esperanza de que su hallazgo, qué sino, de producirse, explique al Homo sapiens, explique las reglas y fines de la comunicación y explique nuestro conocimiento. Que explique al Homo sapiens aunque sea parcialmente.

La creencia de que la lengua, el lenguaje, precede al conocimiento es el origen del malentendido y, sin duda, del poco rendimiento en términos de conocimiento de tales pesquisas. No aceptar que el lenguaje, las distintas lenguas son símbolos fónicos y gráficos o caligráficos (arbitrarios entre muchas posibilidades) que usa el conocimiento para propagarse, para realizar la comunicación, está teniendo un durísimo precio en términos de conocimiento.

Tenemos alrededor de 3.000 idiomas diferentes. Solo en África se han identificado alrededor de 1.500 idiomas con desigual base social. Y que de los 3.000 idiomas hablados solo 600 cuenten con más de 100.000 hablantes. ¿Por qué la diferencia, tanta diferencia, si los utiliza una única especie? ¿Por qué una especie, es la pregunta, que comparte características genéticas se diferencia en su habla o sistema de comunicación? La respuesta viene dada por un hecho singular, compartimos capacidad biológica para comunicarnos y nos diferenciamos en el uso de recursos simbólicos para compartir conocimiento.

> Compartimos capacidades

Compartimos capacidades, el Homo sapiens, no importa su origen, comparte capacidades, posee capacidades similares, y lo hacemos porque la potencialidad de nuestro sistema integrado de sonido y visual posee una gran versatilidad, capacidad combinatoria, en el espectro de frecuencias en el que se ejercitan uno y otro. Espectro de frecuencias, de gestión y propagación de señales, de extraordinaria versatilidad y extraordinaria capacidad combinatoria. Compartimos y poseemos, expresado con metáfora informática, hardware biológico de intensa potencialidad, con capacidad para generar y gestionar (en el espectro de frecuencias en el que se ejercitan), sin ayuda de las máquinas, una ingente capacidad combinatoria. Existen 3.000 pudiendo existir 30.000 lenguas y muchas más. El contexto antropológico, causas ajenas a nuestro hardware biológico, han determinado el número de lenguas, con tendencia, en términos históricos a comprimirse.

El sistema integrado de sonido, emisión y recepción de sonidos, un sistema altamente complejo y sofisticado, está asociado a otro, el sistema integrado visual de recepción y emisión de imágenes, los ojos «la retina, la mácula, el nervio óptico, el núcleo geniculado lateral del tálamo… nos permiten ver, recibir y emitir imágenes. Las emitimos cuando las componemos con el cuerpo, con el gesto, con las manos,  cuando ilustramos, esculpimos o dramatizamos, sin y con auxilio de la tecnología. Emitimos y captamos imágenes y, además, añadiendo potencialidad, nuestro sistema biológico posee una demostrada capacidad de gestión de tales recursos, almacena, discrimina, jerarquiza, economiza y relaciona la información que capta y emite.

Muchas veces se ha dicho que emitimos una variedad muy grande de sonidos para nombrar las mismas cosas, aserto del que cabría deducir que compartimos capacidades, porque el objetivo real es «nombrar» y no la forma o el ruido que utilizamos.

> Comunicación integrada

Tenemos por costumbre y es más que probable que estemos hablando de una muy mala costumbre, una pésima costumbre, muy perturbadora, que se trate, a mayores, de una gigantesca equivocación, de estudiar de manera separada y aún más, divorciada, los recursos simbólicos (ruidos) del sistema de sonido, por un lado y, por otro, los recursos simbólicos (caligrafía, imágenes, estáticas o no) del sistema visual. Y lo hacemos, a sabiendas, de que el verdadero objetivo de ambos sistemas, no existe otro, es la comunicación, el traspaso de conocimiento individual o personal en cualquier forma, entre individuos, de uno a uno, de muchos a muchos, de uno a muchos.

¿Forman el tacto, el olfato y las papilas gustativas, los sistemas biológicos que los sostienen, parte del sistema de comunicación? Naturalmente que sí. ¿Podría ser de otro modo? Si la comunicación sirve al propósito del uso de variados recursos simbólicos para traspasar conocimiento, el olfato, el tacto, las papilas gustativas y nuestro sistema de alerta para percibir vacío, peso, velocidad, temperatura, dolor, placer y peligro, trabajo y recompensa, necesariamente, son sistemas que forman parte, indisociable de la comunicación, de nuestro sistema integrado de comunicación. ¿Podría ser, de nuevo, de otro modo?

Nuestro afán por disociar, por fracturar el sistema integrado de comunicación, puede que sea la causa principal directa, responsable del poco éxito científico en la búsqueda de una protolengua precursora. El problema subyacente, que no hemos superado, que estamos lejos de superar, que explica el despropósito, es suponer que el lenguaje precede al conocimiento. Que los símbolos son los que crean conocimiento. ¿Qué razón sustantiva legitima que el símbolo alumbra el conocimiento? Es, exactamente, al contrario, utilizamos los símbolos para acotar el conocimiento. ¿Puede ser de otro modo? ¿Qué es primero el Homo sapiens o el lenguaje? ¿Crear símbolos es una forma de conocimiento? Claro que sí, cuando, en efecto, se crean. ¿Quién los crea? ¿Tiene el Homo sapiens hardware biológico nativo, suficiente, con capacidad para generar, emitir y procesar símbolos? Está demostrado.

Nos entretenemos buscando fonemas, morfemas y características morfosintácticas, como si de tal búsqueda se dedujera conocimiento germinal. Con tales pesquisas, es lo que decimos, el trabajo lingüístico sobre el abundante uso de símbolos que utiliza el Homo sapiens conduce al examen de la estructura formal de la comunicación, sin que afecte a la forma y organización del conocimiento. ¿Tiene sentido la búsqueda de símbolos, tiene sentido la arqueología lingüística? Es evidente que lo tiene. No debe inferirse, en todo caso, que aporte luz, por sí misma, sobre nuestras capacidades biológicas para la comunicación y si podemos o no implementarlas con la tecnología o, mejor, con el conocimiento de nuestra época y venidero.

> Aprendiendo ruidos

La humanidad se ha propuesto desde tiempos remotos y más en el tiempo presente, aprender idiomas para facilitar la comunicación. Aprendemos una o varias morfosintaxis diferentes a la nuestra, aquellas que nos parece de más éxito o puntualmente necesarias. En tal sentido, el esfuerzo de las grandes empresas tecnológicas, automatizar la morfosintaxis de los distintos idiomas para derribar barreras, sería baldío o, cuando menos, un esfuerzo antagónico al esfuerzo titánico que están haciendo los sistemas educativos. El aprendizaje de lenguas se asocia, falsamente, a la obtención de conocimiento. ¿Hablar inglés nos convierte en innovadores, en científicos o militarmente poderosos? No parece. En este sentido la cognomática está más cerca del esfuerzo de las empresas tecnológicas que del que realizan los sistemas educativos. El aprendizaje de idiomas resuelve problemas capilares, por muy estratégicos que se le supongan, y ninguno de fondo.

Las empresas tecnológicas atienden primero al objetivo último de la comunicación (establecer relaciones y vínculos) y, al revés,  los sistemas educativos o las sociedades atienden, esto es lo que decimos, a compartir símbolos y formas para celebrar la comunicación capilar.

A los sistemas educativos parece importarles más, insistentemente, la propagación de determinados ruidos, esto es, compartir ruidos, que el objetivo último de los ruidos, la comunicación con determinado propósito y en otro orden de factores, la transmisión de conocimiento, el establecimiento de vínculos y relaciones orientados a la resolución de problemas o la formulación atinente de preguntas.

> La vida íntima de los símbolos

El oído externo, medio, interno o el órgano fundamental de la propiocepción del proceso auditivo, el órgano de Corti, pero también la nariz, dientes, labios alveolos, lengua, paladar duro, blando, úvula, cuerdas vocales, y más, mucho más, forman el sistema integrado de sonido que, de ningún modo —es lo que decimos en cognomática— es separable del sistema integrado de comunicación, el que moviliza todos los sentidos y activa subsistemas que generan su integración. Un sistema integrado que codifica símbolos, sonidos, alertas, asombros, emociones, desvelos… para revelar su ser, su vida íntima y secreta, su significado real hasta donde es posible.

Entramos en su alcoba para saber de sus modos, el modo de articulación y el punto de articulación. Cuando se trata del español averiguamos si los sonidos se corresponden con vocales, con consonantes, si son fricativos, oclusivos, laterales o vibrantes, sonoros o sordos (?). O si son labiales, bilabiales, palatales, velares… por el punto de articulación, o si son orales o nasales y más y más características… las entonaciones, los acentos… porque no habla de igual modo un granadino que un almeriense, uno de Málaga, que un cántabro y, de igual modo, Vd. que su vecino. No habla de igual modo un vecino de Edimburgo que otro de Leed y no lo hace de igual modo uno de Berlín que otro de Múnich.

La intimidad de los símbolos fónicos los hace singulares, morfológica y sintácticamente. Es más discutible, no obstante, que dicha diferencia sea sustantiva para los auténticos fines de la comunicación, por ejemplo, la transmisión de conocimiento, de afecto duradero, de entusiasmo, hacer cosas… Su estructura formal, con frecuencia, ya lo sabemos, generan confusión, ocluyen el conocimiento, lo dispersa, lo disocia, impiden el vínculo afectivo o desincentiva cuando nos proponemos lo contrario. Podemos descender hasta la más leve y frágil singularidad de cada símbolo sonoro, hasta su ser más íntimo, desde el punto de vista morfosintáctico o lingüístico, sin que tales pesquisas colaboren o contribuyan a mejorar, ni siquiera un poco, la comunicación y sean relevante para una mejor y más atinente organización del conocimiento.

No se pone en menoscabo la actividad y labor lingüística, de utilidad demostrada para estandarizar símbolos (caligráficos y fónicos), labor encomiable que aprovecha la comunidad  y la proyecta en el tiempo. Ponemos en discusión, eso sí, la presunción de existencia, la presunción de utilidad, de un protolenguaje de idénticas características, morfosintácticas, precursor de los idiomas que hoy usa la humanidad con relevancia para explicar, al tiempo, a la propia humanidad.

A saber, decimos, que el Homo sapiens no nace con un lenguaje aprendido, tampoco un protolenguaje, nace, claro que sí, continuando con la metáfora informática, con un hardware biológico de importantes prestaciones para el procesamiento de señales. Con eso nacemos.

> La morfosintaxis no tiene quien le escriba

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Fig 2. Posición del lenguaje ante el conocimiento e intervención de Vebor

La cognomática afirma que la organización del lenguaje, su morfosintaxis, depende, exclusivamente, del conocimiento que se posee en cada época y, simultáneamente, también afirma que la organización del lenguaje, en el tiempo presente, es rehén de una organización arcaica del conocimiento. El lenguaje logró un nivel de organización muy alto en siglos pasados, (independizándose del conocimiento), que ha devenido en fuentes de equívocos y un lastre para el propio conocimiento, el que ha inundado de confusión, de zozobra, de ruidos, de símbolos, vacíos de contenido. El conocimiento evoluciona, el lenguaje, las reglas morfosintácticas, no lo han hecho.

¿Es posible afirmar que las estructuras morfosintácticas convencionales, que en algún tiempo sirvieron a la expansión del conocimiento son, en el tiempo presente, un lastre? Desde la cognomática decimos que es el caso y que las citadas estructuras morfosintácticas están afectando al conocimiento y su evolución de manera negativa. Decimos que presionan sobre el conocimiento, lo esclavizan y comprimen. No estamos hablando de las múltiples acepciones de una palabra que nuestro hardware biológico (el que gestiona y administra la comunicación) puede discriminar, hablamos de su ineficiencia en el más amplio sentido de la palabra, de su farragosidad, tanta como la que aquí se necesita para expresar muy pocas ideas.

El cine, recientes estrategias de dramatización, que añaden novedosos recursos, los juegos, la señalética y el muy abundante arsenal semiótico, que no deja de crecer, deudor en su conjunto de las fabulosas potencias de nuestro hardware biológico, está dejando sin correspondencia, sin correo, a las actuales reglas morfosintácticas. Situación que evoca al coronel Aureliano Buendía, veterano de la Guerra de los Mil días, retirado en un pueblecito de la costa atlántica colombiana, que esperó inútilmente la carta en la que le comunicaban su pensión.

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Fig.3. Verborrea, enfermedad contagiosa del verbo. Logorrea, enfermedad contagiosa de la lógica

> La función del lenguaje

Amén de emisor y receptor, el lenguaje requiere la existencia de mensaje (contenido). Sin contenido no existe comunicación. No existe. Requiere la existencia de código compartido por ambos (los símbolos); la existencia de canal (aire, papel, pantallas); la existencia de voluntad de actuar como emisor y receptor, explícita, declarada o casual; la existencia de contexto o entorno en el que se produce; y la existencia de función, que apodamos de muy distinta manera, si afecta al emisor, al receptor y el modo si es poética, con belleza, si es conceptual, si es referencial (sobre el contexto) o si es implicativa o fáctica, que implica muy directamente a los intervinientes. Son funciones que, de nuevo, ponen el acento en las tácticas en el uso del lenguaje simbólico. Por eso hablamos, también, de la función locutiva (lo que decimos), la función ilocutiva (lo que hacemos cuando lo decimos) y la perlocutiva (lo que conseguimos después de decirlo), funciones que alumbraron la pragmática o pragmalingüística con sus distintas teorías:

  • La teoría de los actos del habla o cómo hacer cosas con palabras. Que pone el acento en los fines y objetivos. Oraciones similares que producen efectos distintos y, al contrario, oraciones disímiles, que producen igual resultados.
  • La teoría de la relevancia o cómo oraciones similares adquieren significado y contenido diferente dependiendo de las características de los que participan en la conversación.  Lo que pasa inadvertido a los demás, adquiere un especial sentido entre los participantes.
  • La teoría de la cooperación, con reglas y contenidos pactados que facilitan el entendimiento.
  • La teoría de la argumentación  que pone el acento en los objetivos y menos en las reglas simbólicas.

> Cognomática y pragmática

Es forzado decir que a la Cognomática le interesa, sobremanera, la pragmática, las funciones del lenguaje y la teoría de la cooperación. La cognomática no rehúye la semántica, lo que tiene significado. La Cognomática:

  1. Advierte, que las técnicas convencionales son muy poco prácticas para segregar los símbolos o unidades simbólicas vacías de contenido y que lesionan la potencia comunicativa de nuestra especie.
  2. Advierte, que distintos ruidos de distintos idiomas, (actos del habla o hacer cosas con las palabras) comparten significado, disgregación que consideramos accidental, casual, anecdótica y que lesiona la potencia comunicativa de nuestra especie.
  3. Advierte, que la construcción de los idiomas es un producto de la necesidad (somos una especie social), que las necesidades han cambiado y que dicho cambio requiere nuevos lenguajes para aumentar, precisamente, la potencia comunicativa de la especie.
  4. Advierte, que los actuales lenguajes se compadecen poco o muy poco con las potencias biológicas de nuestra especie para la comunicación.

¿Estamos diciendo que nuestra especie puede asumir y gestionar lenguajes (una lengua) de mayor potencia y envergadura? Eso decimos. Puede parecer, en contexto, observaciones en exceso obvias o prescindibles. En contraste, no es vano recordar que la humanidad sigue cultivando estrategias comunicativas, fónicas y caligráficas, muy farragosas y controvertidas para el tiempo presente. De una única dimensión, cuando nuestro hardware biológico (el que administra la comunicación integrada) puede gestionar:

  1. La profundidad de campo (las tres dimensiones).
  2. Los intervalos temporales (el tiempo).
  3. Los desplazamientos (el movimiento)
  4. Las señales de alerta (automatismos simpáticos biológicos).
  5. Las señales emocionales (atmósfera anímica).
  6. Las señales trascendentes (intencionalidad).

Potencialidades a cuya convocatoria las modernas tecnologías, que nos acompañan día y noche, están en condiciones de acudir, al menos en un grado y potencia inimaginable hace apenas unas décadas. Potencialidades, justo y conveniente es recordarlo, de las que depende la funcionalidad, el propósito último de la comunicación y que revelan la inadecuación, la farragosidad, la poca versatilidad y eficacia de las actuales reglas morfosintácticas. ¿Es posible, o mejor, deseable, inspirar y construir una lengua causal, la que en cognomática llamamos Vebor, mejor adaptada a nuestro hardware biológico?

Dicho de otro modo, las actuales reglas morfosintácticas ni son inamovibles ni han llegado al final del camino. Han recorrido un camino, importantísimo para la Humanidad, pero todo indica que su vigencia empieza a declinar y que su supervivencia empieza a estar seriamente comprometida.

> Vebor, lengua y lenguaje

logo-vebor-pequeLENGUA Y LENGUAJE
Dedúzcase que Vebor, desde el punto de vista de la cognomática, es lengua y lenguaje. Es «lengua» porque es versátil y será usada con libertad y será lenguaje, desde el punto de vista tecnológico, porque estará programado.
Por eso la cognomática impulsa Vebor (lengua causal). Y dice que es causal porque se propone favorecer la comunicación y obtener mejor partido de las potencias comunicativas de nuestra especie y del grado de conocimiento alcanzando. Los lenguajes, los idiomas, su morfosintaxis, es deudora de necesidades de otrora, de necesidades del principio de los tiempos de la especie, con variaciones de corte evolutivo, las que se han producido en el curso de los siglos, desde luego lustrosas y exitosas para amplificar su uso y a las que estamos agradecidos y con las que podemos expresarnos.

Vebor, es el lenguaje que quiere construir la cognomática, un lenguaje automatizable, que puede ser operado por los humanos y por las máquinas, simultáneamente. Quiere ser, de manera voluntaria, la causa de una comunicación más exitosa y eficiente, porque pone el acento en su función cooperativa, en la eficiencia que se alcanza cuando se cumplen principios de:

  1. Cantidad. Economía de recursos, pactada o reglada.
  2. Cualidad. Economía de datos, pactada o reglada
  3. Relación. Economía de vínculos, pactada o reglada.
  4. Modalidad. Economía de recursos de interpretación, pactada o reglada.
  5. Consistencia. Economía de la verdad o mayor relevancia.
  6. Belleza. Economía abierta de recursos expresivos.
  7. Dualidad. Economía de potencia para ser operado por humanos y máquinas (hechas por humanos).
  8. Versatilidad. Economía de  medios para ser operado indistintamente de la finalidad.
  9. Ubicuidad. Economía espacial o indiferente al geo posicionamiento.
  10. 10. Historicidad. Economía histórica o competencia para ser almacenado y recuperado de manera automática.

La programación orientada a objetos, que distingue entre «comportamiento» o código y «estado» o datos, bien conocida, es de aplicación al principio de «modalidad». Necesitaremos, Vebor lo necesita, una programación orientada y relacional, por este orden, orientada:

  1. A funciones (misión + procedimiento + comportamiento + estado)
  2. A recursos (procedimiento + comportamiento + estado)
  3. A objetos (comportamiento + estado)

Lo que tenga que ser opaco o translúcido deberá serlo, y lo que deba ser ambiguo o preciso, será reconocible. Lo que de ser cierto, en grado de hipótesis o con rango de conjetura, estará señalizado. Lo que pueda contarse con una imagen o con desplazamiento, será de aplicación. Lo que reproduzca o sea de utilidad a la capacidad relacional de los hombres, será desarrollado. Lo que contribuya a la convergencia de lenguajes, funciones y propósitos será desplegado.

Vebor no contraviene la diversidad, la incluye, la protege defendiendo el objetivo final, la función. Vebor se revela contra la hegemonía de la morfosintaxis sobre el propósito. Vebor está al servicio del propósito, de las necesidades de comunicación de la especie, con una salvedad: respeta y reconoce nuestro enorme potencial expresivo (natural o biológico).

Dedúzcase que Vebor, desde el punto de vista de la cognomática, es lengua y lenguaje. Es «lengua» porque es versátil y será usada con libertad y será lenguaje, desde el punto de vista tecnológico, porque estará programado.

> Vebor, lengua causal y relacional

Vebor está a decenas de miles de años de distancia del hombre primordial, aquel que exploraba las potencias de su encarnadura, de su naturaleza. Las lenguas, los distintos idiomas son apenas el resultado de dicha exploración. El ‘latín’, la lengua del imperio romano, nos mostró, enseñó, que una lengua racional, sobrepuesta al hombre, de diseño, era posible. Y también nos enseñó que podía ser desbordada por nuestra propia naturaleza y reutilizada para ampliar su potencial comunicativo. La mezcla del latín con lenguas que hacían de sustrato, alumbró nuevas lenguas o idiomas que desbordaron aquel.

En el tiempo presente, Vebor, obligada por imperativo del conocimiento adquirido, a reconocer la potencialidad de nuestra naturaleza, deberá abstenerse de añadir factores inútilmente restrictivos. Tendrá que ser racional, claro que si, por supuesto, no existe alternativa, pero siéndolo, deberá, trascender las reglas morfosintácticas para poner el acento en el propósito relacional de cualquier sistema que se autoproclame de «comunicación». En ese sentido será una lengua causal, nace para facilitar y potenciar la comunicación. Vebor será causa de comunicación. Es un software que se compadece con nuestro hardware, que facilita y expande su misión.

¿Es posible la comunicación sin relación? No lo es. Existe, incluso, la relación de separación. Lo que está unido y se separa y lo que está separado pero puede unirse. Nos unen tactos, olores, sabores, sistemas de alerta, sonidos y visiones. Pero también nos unen las sátiras, las burlas, las melodías o las emociones, que son virales en nuestra especie y pueden propagarse de manera remota. Cuando decimos que Vebor estará al servicio de los propósitos, de las funciones, estamos diciendo que sirve a las relaciones, el verdadero objeto de la comunicación.

> El peso de la memoria (de la tradición)

No es pequeño el reto de Vebor. Convoca mucha energía y no es fácil generarla, acumularla y organizarla. Nuestros reflejos están condicionados por una larga tradición, por el laborioso y forzado entrenamiento para familiarizarnos con sonidos (el ruido) y las imágenes (caligrafía) de las distintas lenguas. Ascender peldaños, romper, acaso, el corsé caligráfico y fonal de las lenguas no es tarea sencilla. Y tampoco lo es, levantar nuevas reglas que respeten los «principios» y estrategias de «programación orientada» de Vebor.

La RAE (Real Academia Española), limpia, fija y da esplendor. Vebor está obligado a idéntica misión, pero no con las palabras, misión del pasado. Lo tendrá que hacer con el conocimiento, con su significado, para ahuyentar lo que está vacío de contenido o es inconsistente de manera radical. No es pequeño, lo repetimos, el reto de Vebor, tiene que expurgar el conocimiento, separar el grano de la cháchara y organizar las funciones, los recursos, los objetos y los datos, tarea de altísima complejidad. Puede duplicar, triplicar, cuadriplicar… replicar sus depósitos cuando lo necesite, con criterios de seguridad y accesibilidad, y tendrá que tomar decisiones sobre los que mantiene en coma flotante. Lo que no puede hacer, por economía de medios, en ningún caso, es amontonar  o emborronar la comunicación, confundir a los usuarios o sobrecargar a los operadores, hombres y máquinas.

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§ 3 Respuestas a Vebor, lengua y lenguaje"

  • Fidel Alonso dijo: 11/05/2014@11:31 Responder

    Veo que habéis ampliado el campo de reflexión: os habéis apropiado de la lingüística pero también de la semiótica y de manera recurrente de la antropología, que sería el nexo con el territorio de la máquina y la automatización (‘hardware biológico’). Es una buena base para vuestro proyecto partir de todo lo que se ha avanzado científicamente durante el siglo pasado sobre el lenguaje. Está claro que el presente siglo nos presenta un nuevo contexto y radicalmente nuevas posibilidades en el ámbito de la comunicación, la transmisión de información, la interacción, la creación de vínculos… se trata de un reto enorme para el lenguaje, pero yo diría también que se trata de un serio obstáculo para todo el ámbito formado por la máquina (hardware + software), en el que se sitúan Vebor y la Cognomática. Digamos que la tecnología digital y la automatización tienen ya un poder real en la práctica, pero les falta algo así como el rango, una especie de ‘carta de naturaleza’ que seguramente alcanzarán y consolidarán con el tiempo y al hilo de los tiempos, creo que será inevitable.
    De momento, volviendo al artículo, una ‘lengua causal’, un ‘lenguaje automatizable’ basado en la programación, suponen cargarse por ejemplo la poesía, o convertir en inútil e inadmisible en nuestros tiempos el lenguaje de Cervantes o de Shakespeare. Claro que si yo aplico el adjetivo de ‘inmortal’ a estos tres resultados del lenguaje ‘ilógico’ y ‘absurdo’, estoy usando una palabra que Vebor no asumiría por no ser ‘lógica’ y así entraríamos en una espiral dialéctica divergente.
    Para mí fue L. Wittgenstein, un ingeniero aeronáutico reconvertido en teórico de la lógica matemática y después en filósofo del lenguaje, quien mejor supo dilucidar el problema. Primero intentó fervientemente domesticar al lenguaje y lo consiguió en parte con su primera obra, pero más adelante ‘se retractó’ absolutamente de lo que había escrito en su ‘Tractatus logico-philosophicus’ para rendirse ante la seducción del lenguaje como juego, creación, complejidad…, llegando a definir la filosofía como ‘lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio del lenguaje’.
    Admiro profundamente vuestro intento y creo que dará buenos y necesarios resultados, es un camino a recorrer, una asignatura pendiente para la ciencia, la educación, etc., no podemos permanecer pasivos ante la evidencia, debemos intentar esa adaptación de todo un lastre cultural y lingüístico por ejemplo, no podemos avanzar yendo a contracorriente sino todo lo contrario, pero hay que saber nadar y controlar el equilibrio, la estabilidad, la armonía. Cada cosa en su sitio: que yo sepa, una lengua, toda lengua, viene de un dialecto de una lengua anterior, antes de convertirse ella misma en un nuevo dialecto y así sucesivamente en el devenir histórico de la humanidad. Podremos crear un lenguaje automatizable y programado, ya se han creado otros y siempre podremos aspirar, sería deseable, a lograr uno de validez universal. Pero nunca podremos ‘crear’, ‘fabricar’, una lengua, ya que cada lengua podemos decir que tiene nombre, apellidos, genealogía e incluso pedigrí.

    • Cognomática dijo: 16/05/2014@16:14 Responder

      Aclaraciones sobre Vebor

      Vebor es un lenguaje y por tanto solo se siente rehén de la expresividad. Vebor aspira a que cualquier creador de conocimiento (incluye sentimientos y emociones) encuentre una expresión lingüística apropiada para transmitir su creación. La creación no se realiza en el nivel del lenguaje, se realiza en el nivel del conocimiento.

      La automatización de un lenguaje depende del control que dicho lenguaje tenga sobre su ambigüedad. Si la ambigüedad es muy dependiente del contexto y y de la formación del lector la automatización es muy difícil, si no imposible. Los lenguajes convencionales son difíciles de automatizar porque tienen muy escaso control sobre su ambigüedad.

      Vebor pretende controlar su ambigüedad. Pretende tener identificada la ambigüedad, haciéndola lo menos dependiente posible del contexto. Sin hacerlo no puede aspirar a la automatización.

      La ambigüedad puede ser usada intencionadamente por un autor para dejar libertad al lector a la hora de asignar el significado que le parezca dentro de un abanico de posibilidades. Si en la expresión lingüística queda claro el uso de la ambigüedad estaríamos ante un uso noble de la misma. Pero también es posible usar la ambigüedad para “engañar”. Esto es así cuando la expresión lingüística permite interpretar un abanico de significados que pudieran ser contradictorios entre si, en función de formación, contexto y estado de ánimo.

      Vebor aspira a reducir la confusión en la comunicación y a evitar el engaño. Pero Vebor no tiene ningún inconveniente en usar la ambigüedad siempre que esté claramente identificada.

      La expresividad potencial de Vebor parece difícilmente rebatible (ofrece 4 dimensiones). Y cuatro dimensiones dan para mucho.
      Que Vebor sea un lenguaje asistido por computador no es una limitación, es una potencialidad.
      Angel

      • Fidel Alonso dijo: 19/05/2014@17:50 Responder

        Creo que lo anterior es algo más que una aclaración, me ha hecho reflexionar a fondo acerca de la cognomática y entender mejor la diferencia entre vebor y el lenguaje convencional. La gradación expresividad-ambigüedad-confusión, es considerada dentro del ámbito del conocimiento y el tercer nivel excluiría lo que se entiende por ‘tener las ideas claras’ o al menos transmitirlas, es decir, significa usar el lenguaje de modo confuso, o incluso engañoso, intencionadamente o no.
        Si relacionamos dicha teoría con la tarea del poeta, observaremos que este crea a partir del lenguaje más que del conocimiento, desarrollando constantemente su carácter connotativo, ambiguo; y cuanta más capacidad de confusión, ‘engaño’ y entropía alcance, mejor habrá conseguido su objetivo. Es así en la poesía donde más claramente “la expresión lingüística permite interpretar un abanico de significados que pudieran ser contradictorios entre sí, en función de formación, contexto y estado de ánimo”, frase que he tomado del escrito aclaratorio anterior y que de alguna forma viene a definir cualquier creación poética que se precie.
        Para mí la conclusión es que, primero: el poeta ‘no tiene las ideas claras’, quizás porque se centra fundamentalmente en sentimientos y emociones; y segundo: utiliza el lenguaje de forma intencionadamente confusa, a ser posible con una ambigüedad no identificable (cierto, siguiendo con el texto citado, no es un uso noble, ni ‘recto’ ni ‘adecuado’, añadiría yo) porque en eso residirá su mérito como artífice del lenguaje y quizá también el mayor alcance y repercusión de su mensaje.
        Finalmente, hay que decir que la culpa no es solo del poeta sino que este une a su perverso propósito las propias y naturales ‘perversiones’ del lenguaje, ya que, citando de nuevo el texto anterior, “los lenguajes convencionales son difíciles de automatizar porque tienen muy escaso control sobre su ambigüedad”.
        También es cierto que todo depende de lo que entendamos por poesía, puede verse esta como una pura y constante experimentación fruto de cada época y autor. Tal vez la poesía no será ajena al inevitable proceso de automatización del lenguaje en la era digital. Se trata en todo caso de un tema complejo que requiere sin duda una reflexión más profunda desde los dos campos implicados.

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