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Vebor. Agilengua o lengua de lenguas

9-julio-2014 § § sin comentarios


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LA «AGILENGUA» es lengua y lenguaje, la interpretan los hombres y, simultáneamente, las máquinas

> Agilengua o lengua de lenguas

Vebor se propone ser lengua (versátil, de uso común) y lenguaje (programado) en el sentido más informático de la palabra. Tiene que cumplir, en todo caso, requisitos transversales en todo el proceso de maduración:

  1. ‘A’. Adaptativo. Vebor, en tanto lengua, es fácil de usar.
  2. ‘G’. Grácil.  Vebor, en tanto lengua, mejora la eficacia comunicativa. Es multidimensional y rápida.
  3. ‘I’. Integrador. Posee, en tanto lenguaje, una función integradora de recursos expresivos.
  4. ‘L’. Libre. Libera, en tanto lenguaje, la comunicación de inconsistencias no deseadas y está bajo control del usuario, para su escritura y su lectura.

Es así como se forma el ‘concepto’ AGILENGUA o «lengua de lenguas», la que será usada y compartida, transversal a todas las lenguas. Lengua científica, narrativa, coloquial, de mayor potencia expresiva y «desambiguada o ambigua» cuando lo requiera el objetivo. Una agilengua no es estructural e inevitablemente ambigua, como las que conocemos. Vebor pone el énfasis en la lectura y escritura personalizada, está bajo control del usuario, y orienta sus pasos al contenido, que se estructura bajo la mirada atenta del conocimiento y capaz de advertir lo que es hipótesis, conjetura o rumor, lo que es verdad de lo que es inspirativo.

¿Cuánta verdad contiene una novela y cuánta un artículo científico? ¿Cuánta un cuadro y cuánta una película? ¿Cuánta y cuán duradera? ¿Es posible la respuesta sin desentrañar, previamente, la palabra verdad? Vebor, su estructura, hará más fácil y sencillo enfrentarse a retos imposibles de desentrañar en el actual estado del lenguaje. La consistencia en el mundo real, no es reemplazable, graciosamente, automáticamente, con artefactos que son consistentes, solo, única y exclusivamente, en el ámbito lingüístico o formal.

> Propósito de la comunicación

La pragmática es disciplina que ha puesto el foco en el objetivo de las lenguas, de los idiomas, en las funciones:

  1. Locutiva (lo que decimos).
  2. Ilocutiva (lo que hacemos cuando lo decimos).
  3. Perlocutiva (lo que conseguimos después de decirlo).

¿De qué nos habla la pragmática? Nos habla del propósito de la lengua, a saber, de la comunicación, del objetivo último de las lenguas: comunicar(se), comunicar(nos). No se ocupa de la acción «comunicar», se ocupa, del propósito de dicha acción. Un propósito de gran interés para la cognomática y que constituye la espina dorsal de Vebor. ¿Es posible vertebrar una lengua, un nuevo lenguaje, Vebor, sin divorciar realidad, significado o conocimiento, símbolos que lo representan y objetivos? La cognomática dice que sí. He aquí el reto de Vebor. Las lenguas, todas, poseen una estructura:

  1. Formal, fonética y caligráfica, con el propósito de facilitar la comunicación, el acto de comunicar. Poseen una organización sintáctica.
  2. Desintegradora. No contemplan o silencian, innumerables recursos asociados a dicha estructura formal. A la estructura formal se añaden, lo hacemos consciente e inconscientemente, el resto de sentidos, los sistemas biológicos que los sostienen, los subsistemas que crean, por combinación de recursos que hace posible el gran macrosistema biológico del Homo spaiens, el que hace posible, comunicar(se) y comunicar(nos), realizar nuestra específica sociabilidad.
  3. Semántica. Organiza el vínculo entre el contenido (conocimiento) y la sintaxis con gran dependencia de esta última.

Las lenguas e idiomas que conocemos, y los numerosos especialistas que se ocupan de su sostenimiento, tradicionalmente, ha esquivado el papel que juega la función integradora o el macrosistema biológico que sostiene la «comunicación».

También decimos en cognomática, que los idiomas ponen poco celo en la sostenibilidad de los contenidos, en la higiene semántica, en las abluciones diarias que es preciso realizar para eliminar inconsistencias (calcificaciones y suciedad) y abundancia de expresiones vacías de contenido (células muertas). Y mantenemos la tesis que es abordable la creación de una «agilengua», que llamamos Vebor, mejor adaptada a ese gran macrosistema biológico (que posee el Homo spaines), el que realiza la comunicación. Un sistema biológico con competencia, ahora somos conscientes de ello, para gestionar una «agilengua».

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LA LENGUA será reemplazada por la «agilengua», otro estadio de la comunicación, del conocimiento y de la tecnología.

> La lengua (idioma) como aplicación

Las lenguas, los idiomas, tienen un único y exclusivo objetivo, con exclusión de cualquier otro: facilitar la realización de nuestro ser social. El objetivo: comunicar(se) y comunicar(nos). Es una herramienta. Y como tal, perfectible. El uso de dicha máquina herramienta no se corresponde con un acto individual o íntimo, solitario. La herramienta tiene una dimensión social, colectiva, grupal, e incluye al otro o a los otros. En el acto de escribir que rinde como un acto solitario, existe también, sin embargo, destinatario. Las lenguas, los idiomas, sirven a las personas y son instrumento de interacción (más de uno). Las lenguas despliegan un arsenal de símbolos sonoros y gráficos (asociados a significado) para hacer posible la comunicación, para trasladar de unos a otros, el conocimiento adquirido, la experiencia acumulada o los asombros íntimos o compartidos. Las lenguas se comportan como aplicación, como herramienta que despliega nuestro hardware biológico para realizar la especie (que es social). El único objetivo del lenguaje, por tanto, es la comunicación o lo que es lo mismo, diseminar entre los participes el conocimiento, el significado que está asociado a los recursos expresivos.

La comunicación, en otro orden de cosas, se realiza utilizando el cuerpo, la expresión oral, la expresión escrita, ideográfica o simbólica y se realiza con la combinación de todos los recursos o una asociación específica de los mismos. El uso de un recurso, de una combinación de los mismos o de todos, depende de los objetivos esperados y de la táctica o técnica desplegada para alcanzarlos.

Si la comunicación es entre niños, entre jóvenes, entre adultos y niños, entre personas que usan distintas lenguas o, lo contrario, que las comparten, si comparten contexto, si el objetivo es informar, experimentar, divertirse o educar (que requiere la combinación de todos los recursos), dependiendo de cada supuesto, el despliegue de recursos se realizará en función de los objetivos. Las lenguas incluyen muchos recursos, los sonoros, los caligráficos, los gestos, la intensidad, las imágenes, los señalamientos, los silencios… Es una aplicación, es bueno reconocerlo y aun mejor dejarlo escrito, que utiliza todos los sentidos y las capacidades combinatorias, que no son pocas, que se desprenden de tal despliegue.

No existe, es lo que queremos decir, la expresión oral pura, la expresión escrita pura, expresiones que, independientemente, de su específico sostén normativo, integran innumerables recursos que forman parte del macrosistema biológico que hace posible comunicar(se) o comunicar(nos). ¿Cuántas veces se ha dicho y escrito que la escritura se realiza para el oído y que logra los estándares de calidad o excelencia, aquella que mejor satisface al sentido del oído? Es una observación que nos retrotrae a nuestra tesis principal, la comunicación está sostenida por un macrosistema biológico que integra numerosos recursos.

> Aplicaciones férreamente programadas

Es bastante común considerar la lenguas, los idiomas, estructuras abiertas, inspirativas, generativas y es cierto, pero en una parte pequeña. Los idiomas tienen una férrea organización sintáctica, hercúlea, heredera de estadios del conocimiento pretéritos. Y la mejor prueba de lo que decimos es que existe numerosa y cada vez mejor ingeniería para sustituir, automáticamente, un idioma por otro. Automatización que es posible por la existencia de estructuras férreas. ¿La sustitución automática de un idioma por otro se hace con dificultades o imprecisiones? Por supuesto. ¿Dónde anidan las dificultades? Anidan en lo que ya se ha dicho, en que están programados, férreamente programados, ignorando el grueso abanico de recursos que proceden del resto de sentidos. ¿Ignorancia o deficiencia?

¿Deficiencia anecdótica o severa? Todo indica que estamos ante una deficiencia muy severa. Es más fácil automatizar lexemas que morfemas o la combinación de ambos. Es imposible, no obstante, automatizar recursos que la sintaxis excluye radicalmente. Recursos que proceden de otros sentidos y de subsistemas resultantes de la relación entre nuestros sentidos. ¿La estructura sintáctica de los idiomas se compadece con la forma en la que organizamos el conocimiento? No parece. ¿La semántica, el vínculo entre el conocimiento y los recursos simbólicos que utilizamos para el acto de comunicar, acaso, posee una organización y estructura cabal o automatizable? La respuesta es no. ¿Por qué la semántica avanza de forma tan espesa y acaso ruinosa, en comparación con los esfuerzos que se le asignan? La explicación más plausible es que depende de una organización sintáctica que es lo más parecido a un callejón sin salida y que, en otro orden de cosas, los esfuerzos que añade para procesar los recursos que proceden del resto de sentidos, están siendo, hasta la fecha, infructuosos o muy escasos.

En cognomática pensamos que la estructura sintáctica, en general, de los idiomas, no es la mejor posible e incluso, que estamos ante una estructura que obstaculiza el desarrollo del conocimiento. ¿Estamos diciendo que nuestro hardware biológico está infrautilizado? Eso es lo que decimos.

¿Decimos en cognomática que las lenguas, los distintos idiomas, en su actual estadio son perfectibles? Eso decimos. Son perfectibles y mucho.

> Enriquecimiento

Las lenguas (idiomas) en tanto aplicación, en tanto herramienta, de nuestra especie, no escatiman, porque se lo pueden permitir, el uso de todos los sentidos y la combinación entre ellos. Tendemos a analizar cada recurso por separado. ¿Es posible la existencia de expresión oral, escuetamente, deducida de sus reglas morfosintácticas, aislada del resto de sentidos? No, no es posible su existencia. Nuestro hardware biológico integra los distintos recursos que usan las distintas lenguas (idiomas). Cuando hablamos por teléfono captamos, igualmente, los estados de ánimo y factores como la entonación, la intensidad, los silencios, su existencia o no, influyen y afectan al contenido de la expresión oral. Es frecuente, asimismo, que la expresión oral, a pesar de su sintaxis, se refiera a algo que no se ha dicho y que la falta o ausencia de tal contenido se supla con conocimiento previamente acumulado.

El conversador programado o asistente personal, tipo Siri (iOS) , Sherpa (Android) o Cortana (Windows), su tono, parcialmente neutro, produce en nosotros un estado perceptivo que tendemos a compensar con información propia, que poseemos y añadimos. Cuando leemos y exclusivamente leemos, si es una novela, tendemos a poner rostro a los protagonistas, a emular su estado de ánimo y ponemos formas, colores, sonidos y olores al contexto. Si lo que se leyese fuera un manual de instrucciones, le ponemos ruidos, texturas, sonidos, y experiencias anteriores. No existe, en ningún grado, una expresión que movilice un único recurso. Cada recurso desplegado está enriquecido, en distinta proporción, por todos los demás, recursos que la sintaxis no computa y que a la semántica, tan deudora de la sintaxis, tanto le cuesta desentrañar.

Las expresiones que utilizan las distintas lenguas, no importa que la expresión sea fonética o caligráfica, están agrandadas por el conjunto de recursos que integra nuestro hardware biológico, enriquecidas, inevitablemente. A tal punto se produce el enriquecimiento que se repara poco, por ejemplo, en que la «fuerza», no importa cómo se manifieste, es un componente (existen muchos más) de cada expresión, no importa cual se use, que sea oral, escrita o corporal, esa «fuerza» que nos intimida o deslumbra. Y aunque de las palabras, en su afán literal, no se desprenda «fuerza», en su intención, en su parte trascendente, puede que evoquen «fuerza» y fuerza «intimidatoria» o «deslumbrante» y que dicha evocación neutralice o agrande otros contenidos. Ésta es la pregunta, ¿forma parte la evocación «fuerza», término que no ha sido citado ni pronunciado, del propósito de la comunicación? Claro que sí. Forma parte. La intencionalidad, la parte trascendente de la estructura formal sonora o caligráfica de los lenguajes, forma parte del lenguaje aunque no forme parte de la sintaxis que hoy conocemos y de los escasos resultados que las distintas estrategias semánticas nos proporcionan. Intencionalidad, por otro lado, que nuestro macrosistema biológico de comunicación sabe  y puede gestionar.

> La conveniencia de poseer una «agilengua» de integración

lioHACERSE UN LÍO
Es más común de lo que creemos. Todos nos hacemos un lío y con frecuencia, varias veces al día. Las palabras y el lío conviven desde la existencia de ambos. La comunicación y el lío son primos hermanos. En la comunicación la abundancia de sentimiento y la escasez de pensamiento y viceversa conducen al lío. ¿Comunicación sin sentimiento? ¿Es posible?  ¿Comunicación sin pensamiento? ¿Es posible? Es imposible. Los que interactúan son personas, no importa que con intermediación de las máquinas. ¿El dato puro, la verdad, el hecho cierto… emocionan? Si no se interpone la enfermedad, por supuesto. Escribimos y nos comunicamos de una determinada manera. ¿Existen otras opciones? Vebor es otro modo.
Quizá fuera conveniente y más operativo, en atención a las posibilidades de nuestro poderoso hardware biológico, en consonancia con nuestro estado del conocimiento, desarrollar una lengua/lenguaje, nuevo, de integración, ganador, más adaptativo y limpiador (con más eficacia en la supresión de inconsistencias y ambigüedades no deseadas). A saber, de integración de recursos expresivos, con método, con estrategias más atinentes con la potencialidad de nuestra especie, más acordes, dicho de forma coloquial, con las prestaciones de nuestro hardware biológico. En la práctica… eso es lo que hacemos, lo que ya hacemos, lo que siempre hemos hecho y lo que seguiremos haciendo, cada día, aunque no seamos conscientes de que, en efecto, el idioma, cuyo fin es la comunicación, es una herramienta que integra abundantes recursos expresivos, además de los orales o escritos, y que es la integración, precisamente, la que produce y mejora la comunicación.

Vebor tiene muy en cuenta, en la hora de su conceptualización, las características de su operador biológico, el Homo sapiens, no podía ser de otro modo y su mejor correspondencia con el operador tecnológico (máquina computacional) y lo hace para dar satisfacción a la automatización y mejora de los resultados; para dar satisfacción al propósito último de la comunicación: el éxito. Vebor sabe que la integración de recursos, de formas expresivas es condición inexcusable, fielato de obligado paso, para su existencia y viabilidad.

> Comunicar(se) con éxito

¿La comunicación alcanza siempre sus objetivos, logra su propósito? No es una pregunta fácil de responder. Con distintos recursos expresivos comunicamos afanes, estados emocionales y experiencias para influir en los comportamiento de los demás. ¿Lo conseguimos? Es posible afirmar, con rotundidad, que establecemos, lo logramos, sabemos hacerlo, la comunicación pero… ¿conseguimos, al tiempo, el propósito de la comunicación?  La respuesta más loable es que conseguimos los objetivos de manera muy aleatoria, imprecisa, y cabe pensar que son tantos los éxitos como los fracasos o que, los unos y los otros, son de muy difícil estimación, porque no siempre están claros nuestros propósitos que pueden, es común, que tengan fines exploratorios o de tanteo. En las estrategias de venta, es un supuesto, cuando se tienen 10 objetos iguales para la venta y se logra la venta de 8, se afirma que se ha conseguido un 80% de éxito. ¿Todos compraron, sin embargo, por las mismas razones? ¿Todos lo hicieron con igual grado de satisfacción?

¡Llevan mi ropa! Dirá la firma textil pero… la llevan, la visten, la usan, como la firma textil esperaba. ¿Afecta el uso que le dan a la siguiente colección, a la siguiente ornada de modelos o diseños?

Los recursos orales, escritos, el conjunto de sentidos implicados en la comunicación, sistemas y subsistemas, que forman parte de un idioma —ya se ha dicho—, poseen, a su vez, normas, especialmente los recursos orales y escritos, que con frecuencia contribuyen a ofuscar el éxito de la comunicación. Y lo ofuscan en ambos lados, afectando por igual al que propone la comunicación y al destinatario. Son reglas, todas ellas, concebidas en un estado germinal del conocimiento, cuando lo más importante era, con prevalencia sobre cualquier otro propósito, hacer posible la comunicación, facilitarla y algo menos, lograr que la comunicación alcanzará su propósito. Que lo alcance o no depende y cada vez más de asuntos como la repetición del mensaje, su repetición asociada a determinados contextos y la cancelación de reservas que los destinatarios levanten ante el mensaje. Depende de factores no sintácticos y es posible afirmar, eso decimos en cognomática, que la estructura sintáctica, en ocasiones, es el principal obstáculo. Eso decimos, que la propia estructura sintáctica es la barrera más difícil se sortear o superar.

Las normas, las reglas morfosintácticas, las que regulan la expresión oral y escrita, por separado y conjuntamente, tienen como objetivo principal facilitar la comunicación, hacerla posible y en menor grado, por tanto, tienen como objetivo que la comunicación que se establece tenga éxito en su propósito. La acción de «comunicar» es una y otra bien distinta «comunicar con éxito o mejorar, muy sensiblemente, los gradientes de éxito».

> Comunicación fallida o parcialmente fallida

¿Cuántas veces a lo largo del día no somos comprendidos? ¿Cuántas veces a lo largo del día no comprendemos a los otros? ¿Quién comprende a los hombres y quién a las mujeres? ¿Quién comprende a los niños y quién a los adolescentes? ¿Quién comprende a los ancianos y quién a los bebes? ¿Quién comprende a los políticos? ¿Quién, y es una pregunta más difícil, a los electores? ¿Quién comprende a los profesores y quién a los alumnos? ¿Quién comprende a los programadores de las parrillas de nuestras televisiones? ¿Se comprende un reality show, la realidad convertida en espectáculo al servicio de las bajas pasiones? ¿Quién comprende ese tipo de espectáculos? ¿Lo comprenden sus espectadores o usuarios, los que no se comprenden a sí mismos? ¿Qué pasa con las cosas que no entendemos? Lo lógico, en tal caso, es hablar de comunicación fallida o parcialmente fallida.

Comunicar y comunicarnos con éxito son cosas bien distintas. ¿Qué papel juega el idioma, la lengua y sus normas, su sintaxis? ¿La sintaxis es parte estructural del fracaso? Lo es. ¿Tienen las lenguas al uso normas que afectan o dificultan formalizar bien el propósito de la comunicación? ¿Es estúpida la pregunta o lo que de verdad es estúpido, al revés, es no hacérsela?

> Las causas del fracaso

¿Cuándo fracasa la comunicación? ¿Fracasa cuando se formula mal el propósito, de manera confusa o poco clara, imprecisa o muy imprecisa? ¿El idioma, sus normas, constituyen pro sí mismas un factor crítico que dificulta el éxito, tanto en su formulación como en la respuesta?

Descartando la existencia de éxito o fracaso absoluto, al 100%, en el propósito de la comunicación, es acertado o deseable, decimos en cognomática, la existencia de un idioma, de una lengua|lenguaje, de una «agilengua» que por sus especiales características abandone el fifti fifti, mitad y mitad, 50 y 50% para el éxito y el fracaso. ¿Alcanzar un éxito del 70% es mejor que conformarnos con un 50%? Hablando de fracaso, ¿qué parte del problema cae del lado de las normas del lenguaje y cuál del lado de las especiales características, diferentes o muy diferentes, de los que intervienen en la comunicación? ¿Qué parte del problema, asimismo, cae de la distinta percepción del contexto?

> ¿Todos comprendemos a todos?

En el supuesto de que todas las personas utilicen el mismo idioma, cabría la pregunta ¿todas las personas de nuestra especie pueden entenderlo todo o entender a todas las personas de su misma especie? Si fuera el caso que todas las personas de la misma especie tuvieran el mismo ácido nucleico, el mismo ácido desoxirribonucleico, con idénticas instrucciones genéticas, las posibilidades de que el entendimiento fuera masivo, aumentarían muy notablemente, excepto, claro está, que los factores normativos del idioma usado, incluyeran limitaciones estructurales para identificar con precisión el propósito de la comunicación y su éxito.

Lo común es que los factores de diferenciación, la diversidad de ácido nucleico —cada persona tiene uno propio y bien diferenciado— sea causa suficiente para interpretar la comunicación y su propósito con distinto gradiente e intensidad, en el mejor de los casos y que, en ocasiones, tal diferenciación se constituya en una barrera, también ocurre, en ocasiones, insalvable.

> Idoneidad de los idiomas al uso

Nuestro hardware biológico hace posible la comunicación, nos faculta para crear lenguas y los hombres, por sus propios medios, con el conocimiento de cada época, han moldeado, incesantemente, los distintos idiomas a través de normas y usos. Y los han hecho para facilitar la comunicación. Atributos que no deben, en todo caso, cegarnos al extremo de confundir capacidad para la comunicación con éxito en la comunicación. Es indubitable la existencia de éxito en la comunicación y la propia evolución de nuestras sociedades es la mejor prueba. De la existencia de éxito, que lo ha habido, aunque no sepamos en qué proporción, no debe inferirse que nuestras  herramientas, las distintas lenguas, habladas y escritas, son invencibles y las mejores posibles.

Al mismo ritmo que transcurre los años y avanza el conocimiento nos hacemos cada vez más preguntas sobre la idoneidad de las lenguas e idiomas que utilizamos. ¿Los idiomas tal como hoy los conocemos, son herramientas, acabadas o, están, quizá, en una fase incipiente de su evolución y potencial? ¿Tienen la mejor estructura posible o, simplemente, la que han podido lograr hasta la fecha? ¿Su estructura se compadece con el conocimiento adquirido, el que ya poseemos? Son preguntas que buscan respuestas y que, bajo ningún concepto, conviene apartarlas del deber de la ciencia.

> Conocimiento, lenguaje, comunicación

La comunicación tiene muchos retos por delante y Vebor, notablemente, tiene los suyos y de grueso calado. En Idolatría en las Matemáticas, hablamos de la inadecuada organización del conocimiento, que propende a la abundancia de expresiones y términos vacíos de contenido o inconsistentes, cuya presencia constituye un factor nada despreciable del fracaso de la lengua usada y, a continuación, de la comunicación.

También abordamos la urgencia en separar, en diferenciar, correctamente, realidad, conocimiento (lo que sabemos sobre la realidad) y símbolos que nos permiten expresar el conocimiento. Los idiomas y las lenguas contribuyen a la formación de distintas sintaxis (conjunto estructurado de símbolos fonales y escritos), que se ponen a disposición del conocimiento para que las personas interactúen, se comuniquen y puedan influir las unas en las otras. Y se hablaba del enorme error de residenciar el conocimiento en las palabras o en el lenguaje. El conocimiento, se decía, pertenecía a los hombres a su hardware biológico y el lenguaje, las distintas lenguas e idiomas, arracimadas con los distintos recursos expresivos de nuestra especie que integran su capacidad para la comunicación, hacía las veces de transportín, de carruaje de tracción biológica, de dicho conocimiento, acarreándolo entre personas, o sirviendo de depósito (bibliotecas) para las siguientes generaciones, para otras personas con idéntico o parecido potencial o hardware biológico.

¿En qué parte han contribuido las distintas lenguas, orales y escritas, con sus normas, a la proliferación de las guerras, a la proliferación de malentendidos con consecuencias criminales o fatales, con resultado final, incluso, de genocidio? ¿Son las lenguas, sus normas y reglas, neutrales al uso y significado que le asignamos los hombres? ¿Cabe pensar que su propia estructura es la causa de fenomenales equívocos y mortales errores? ¿La asignación del concepto «felicidad» al concepto «revolución» y el concepto «revolución» al concepto «violencia», está favorecida, tal vez, por una sintaxis primitiva, por una arcaica organización del lenguaje, por errores semánticos graves ente conocimiento y símbolos o lenguaje?

¿La palabra «obligación», el concepto «obligación», ‘obliga’ de igual modo a las personas, ‘obliga’ de igual modo en todas las culturas? ¿En qué parte de «obligación», reside el problema? ¿Está en el lexema o raíz, en los fonemas, en los morfemas que lo sostienen, está en su significado literal o capilar, en el moral o profundo y ambos filtrados por el estado del conocimiento en cada época, está en el contexto o está en la interpretación que cada persona le adjudica?

«Dominación». Es otro ejemplo. Qué parte del vocablo «dominación» deleita en el grado que lo hace, cual opiáceo, en algunas personas. Deleita su sonoridad, lo hace su significado, lo hacen las acciones que desencadena, sus consecuencias, el supuesto provecho que se deduce de su aplicación; deleita, tal vez, su condición de excusa para ejercitar la violencia, la humillación, el verdadero objetivo, latente, no declarado pero, a la postre, el mayor de los placeres para las personas adheridas a tales pulsiones. ¿La sintaxis, tal como hoy la conocemos, hasta qué punto es de utilidad o un lastre para mejorar el éxito en la comunicación?

«Dominación» de grupo, de clase, de nación, de raza, de sexo, deportiva, militar… la que es fruto de reglas y normas, la que es probable y esperable, buscada o deseada, y la que se impone con fuerza, con violencia de distinto grado, incluso sumaria. ¿Qué parte del vocablo depende de la oración para alcanzar su significado? ¿Qué parte depende del contexto en su sentido más amplio? ¿Que parte, para alcanzar su significado, depende del concepto tan polisémico, ambiguo? Y, del mismo modo, qué parte depende de la persona que lo usa y lo que secretamente espera de ella. ¿Contribuye la actual sintaxis a esclarecer o enturbiar el problema?

Los problemas que se citan vienen a colación para enjuiciar la envergadura del problema que se trata de resolver y la iniquidad, que es parte de la leyenda urbana, en la que acaban los intentos, cualquiera, de residenciar el conocimiento en las palabras. Más importante que la sintaxis es la semántica y más que la semántica una mejor y más adecuada organización del conocimiento. ¿Y qué parte, por último, le atribuimos a una agilengua con potencia interior para vencer la unidimensionalidad de los actuales idiomas? ¿Una lengua multidimensional e integradora, más atinente con nuestro hardware biológico, ganadora, constituiría, por sí misma, un factor de éxito?

¿Una adecuada organización del conocimiento puede proporcionar vocablos más precisos para designar las distintas hipótesis interpretativas? ¿Una mejor organización sintáctica, sumando recursos y dimensiones, es la más conveniente estrategia? Ambos hitos son necesarios. ¿Estamos hablando de inventar palabras? Por qué no. ¿Nos faltan palabras, términos? Pudiera ser. Organizar las lenguas, los idiomas, de otro modo, con estructura adecuada para añadir recursos expresivos que contribuyan a desentrañar el verdadero significado o significado último, es la otra parte de la ecuación. Si el objetivo fuera tener éxito en la comunicación, dando por supuesto que el acto de comunicar no flaquea, alcanzar el propósito, obvio es, nos exige prestar más atención a la idoneidad de las lenguas, a sus características, a sus estructuras, a su versatilidad, en suma, a su competencia para facilitar el éxito en la comunicación.

Responder ‘sí’ al propósito de Vebor es admitir que conviene hacer virar las lenguas, los idiomas, sus estructuras, que conviene su revisión, para alcanzar el verdadero propósito de la comunicación: el éxito.

> Propósito nuclear de Vebor

Vebor, se propone como «agilengua» (se usa) y como lenguaje (está programado), a saber, poseer normas que interpretan y computan, por igual, personas y máquinas. Ser de manera nativa automatizable. Además, Vebor, tiene en alta estima el objetivo último de la acción de comunicarse: el éxito. Vebor es una propuesta que, expresado en términos de comunicación, requiere cumplir con una serie de calificaciones o certificaciones:

  1. Expresividad. Configurarse para administrar el arsenal de recursos expresivos que computa nuestro hardware biológico en los que están implicados diversos sistemas y subsistemas.
  2. Semanticidad. Configurarse admitiendo que los símbolos sonoros y morfosintácticos, se caracterizan por poseer una estructura formal que adquiere sentido, funcionalidad, única y exclusivamente, cuando se los une a un significado y que el significado es prevalente, siempre, sobre la forma.
  3. Proyectividad. Configurarse admitiendo que el vínculo entre estructura formal y contenido, se hace en el mejor de los casos, por cooperación entre sus usuarios, generando consenso. Pero que, asimismo, puede hacerse, de manera doctrinal, con imposición. Estrategia esta última que se practica con los bebes y con los niños, en el hogar y en las escuelas.
  4. Cognomaticidad. Configurarse, proponiendo una mejor y más cabal organización del conocimiento, el que existe, con métodos no contradictorios para favorecer su automatización.
  5. Antropologicidad. Se configura aceptando que sus múltiples recursos tienen como meta mejorar el gradiente de éxito en la comunicación. Su meta ya no es facilitar la comunicación, es mejorar su rendimiento. Es decir: mejor comunicación, con más éxito, a menor coste, para más usuarios.

Las reglas de una agilengua son de otra escala, en poco se parecen a las que sostienen las lenguas que conocemos, cuyo propósito, encomiable, hacer posible la comunicación generan estándares, se nos revelan escasas, cortas, para abordar las necesidades de la especie. ¿Por qué todas las personas que se llaman ‘Cristina’ no son la misma persona?

Los idiomas lo resuelven, para diferenciarlas, añadiendo apellidos, ácido desoxirribonucleico. No lo resuelven añadiendo más palabras, lo resuelven añadiendo más contenido. ¿Y qué ocurre cuando las personas que se llaman ‘Cristina’, comparten apellidos? Se hacen indiferenciables, porque los apellidos están ayunos de contenido. ¿Qué hacemos entonces? Añadimos más contenido, un rostro, una voz, un cuerpo, un olor, un territorio, un número, una huella dactilar, otra huella caligráfica, el ADN, debidamente codificado… Si añadimos, por ejemplo, lo que vemos, el rostro, no añadimos más palabras, añadimos contenido (muchas otras cosas, otro tipo de señales).

No bastan las palabras, los símbolos, sonoros o gráficos, que pueden adoptar innumerables combinaciones y formas, tantas como capacidad tiene nuestro hardware biológico para procesar señales en el rango de frecuencias en el que somos competentes. Conjunto de señales a los que añadimos las que son captables con ayuda de tecnología. Si lo que queremos es identificar a la persona ‘Cristina’, una específica, singular, acudimos a la abundante panoplia de recursos que pueden ser gestionados por nuestro hardware biológico. No es una hipótesis de trabajo, ya lo hacemos y eso que hacemos forma parte de la comunicación, aunque no forme parte de la muy diversa normativa que regulan las lenguas.

Las lenguas o idiomas, las que usamos, se corresponden con otro estadio del conocimiento, anterior. Su estructura morfosintáctica, es de otra época.

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