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«Estados causales»

3-febrero-2014 § § sin comentarios


cuidadio

Desconfianza

> El adjetivo que advierte, anticipa, instruye y ampara

Invita a la reflexión el papel que el lenguaje de signos, adjudica, con prontitud, a lo que llaman, ‘adjetivos’ —es de las primeras cosas que se aprenden, junto a pronombres, los conocidos ¿qué, quién, por qué, para qué, cómo cuándo y dónde?, sustantivos y acciones básicas—, sin duda, por su relevante papel en la conversación. Nosotros nos detendremos en su relevante papel. El buen uso de adjetivos como

“Bueno, Guapo, Feo, Simpático, Triste, Malo, Contento, Antipático, Serio, Buena Persona, Mala persona, Interesante, Duro, Blando, Nervioso, Tranquilo, Tímido, Sinvergüenza, Lento, Rápido Educado, Maleducado, Cansado, Sucio, Limpio, En paro, Largo, Corto, Suave, Áspero, Claro, Oscuro, Amplio, Estrecho, Incómodo, Cómodo, Elegante, Basto, Fino.”

su conocimiento y despliegue en el aprendizaje de cualquier idioma, especialmente, en los nuevos métodos de inmersión en cualquier idioma y que es muy visible en el lenguaje de signos, es objeto de la presente reflexión. Por las reglas gramaticales sabemos que los adjetivos califican al sustantivo, aportándoles características o propiedades. Aprendimos que los adjetivos podían ser:

  1. Adyacente y atributos de un sustantivo, léase, un buen coche o Pedro parece enfermo.
  2. Complemento predicativo (aplicable a una situación) léase, el coche estaba abollado.
  3. Núcleo de un sintagma adjetivo (palabra que proporciona a una frase la condición de adjetivo), léase, muy distante de la farola.
  4. Núcleo de un sintagma proposicional (palabra que proporciona a una frase un tono de adjetivo), léase, le dieron por muerto.
  5. Adjetivo en posición funcional incidental (palabra que le otorga a una frase su tono de adjetivo). léase, contrariados por el percance, los muchachos siguieron su camino.

A tenor de la importancia que el lenguaje de signos otorga a los adjetivos que se enumeran más arriba, que considera esenciales para facilitar la conversación, cabe pensar que las conversaciones, cualesquiera, se producen dentro de un contexto, de otro bocadillo que las contiene, de mayor importancia, de otro calado, que con frecuencia no necesita ser enunciado o pronunciado y que, no obstante, está calificando la conversación en su conjunto. Es un adjetivo que pronunciamos con gestos, con estados de ánimo, con predisposición. Así es como la primera fase de una conversación o encuentro, por ejemplo, puede estar presidida por la desconfianza y la segunda, al revés, por la confianza, una vez que se han deshecho malentendidos o superado algunos obstáculos o barreras. ¿Es un adjetivo en posición funcional incidental? Si la palabra confianza formara parte de una oración, desde luego. ¿Qué ocurre cuando no forma parte de una oración, cuando nadie la nombra y cuando jamás será descrita?

El estado «desconfianza» o «confianza» es parte sustancial y crítica de la conversación, porque la califica, la anticipa, la instruye o determina y la ampara o envuelve; es parte del lenguaje, es su causa principal e interactúa con la conversación, constantemente, forma parte de todas sus oraciones, orientando su contenido.

El lenguaje gramatical al uso y sus reglas no incluyen los «estados causales», que son parte estructural del lenguaje, quizá la parte con mayor contenido, estados emocionales, de disposición, de actitud, de alerta, de placer, de inquietud, de desasosiego, de aprobación… estado que califican una conversación o encuentro.

De la importancia que el lenguaje de signos otorga a los adjetivos, debemos deducir la existencia de «estados causales» que gobiernan y orientan el lenguaje y que son parte constitutiva del propio lenguaje, no bien comprendidos por lingüistas y expertos en funciones sintácticas. No existe, por el contrario, dramaturgia que se tenga por tal y dramaturgo, que ignore los «estados causales», los que adjetivan la conversación, la trama, la historia, las oraciones, con recursos que los lingüistas ignoran… el primer plano, la proximidad o la distancia, una banda sonora, un semblante, un movimiento, un ruido, una palabra divisora, intencional, una exclamación, una interjección, un recorte en el aire, quién sabe. Y que estamos hablando, estrictamente, de lenguaje, de «adjetivos causales» —aunque no exista tal sintagma—, que hablamos de patrones o contenedores de primer nivel. ¿Es o no útil, antes de iniciar la conversación, advertir al otro de que estamos tristes? Es más que probable que conversación y juicios adquieran un tono melancólico deudor de nuestro estado causal. Y bien pudiera ocurrir que la advertencia del «estado causal» este presente a nuestro pesar, sin poderla disfrazar, incluso,  con construcciones sintácticas en sentido contrario.

Dos personas pueden estar unidas por el rechazo a determinado objeto, sabor o suceso. La conversación, en tal caso, entre ambos será más fácil y productiva, fluida, a todas luces, si expresan o comparten primero su rechazo.

> ¿Qué aprendemos primero?

estar.solo«ESTADO
CAUSAL»
El fracaso afectivo, el desamparo o la ausencia de los otros, no es casualidad en el caso que nos ocupa, es la causa de un estado de ánimo, que pudiendo tener continuidad en el tiempo, se convierte en la instrucción dominante del lenguaje de dicho individuo. Su desamparo se convierte en la primera instrucción sintáctica. Separar el lenguaje natural y el numérico del sujeto que lo crea, con su conocimiento y potencialidades fisiológicas, no es de recibo. Suponer que tienen vida propia, es una hipótesis de trabajo y nada más. Cuando enviamos al espacio píldoras de nuestro conocimiento y oficio, a la espera de que otros seres, con igual o superior inteligencia, advirtieran la nuestra, hasta la fecha, no ha producido resultado alguno. El lenguaje natural y numérico, por prudencia, debieran interpretarse como expresiones singulares de nuestra especial fisiología e inseparables de nuestro cuerpo.
¿Qué aprendemos primero, la palabra «agua», su identidad fonética, que está fría, que está caliente, que es un líquido, qué es transparente, que no se puede coger, que sale por el grifo, que se bebe, que calma la sed o que nos zambullimos en ella? ¿Que aprende primero un bebé? Lo primero que aprendemos, lógicamente, empieza por el tacto, después por el sabor, más tarde por las sensaciones multisensoriales, que es imposible, después, asirla o cogerla, que está en el baño, escondida en un grifo, dentro de un biberón, en un vaso, que es antes o después de otra cosa o antes o después de una reacción orgánica (sudor, calor, sed), que está a tanta distancia, a determinada altura… y por último su nombre, «agua» y aún cuando empezamos a pronunciar su nombre, seguimos sin conocer otras muchas propiedades que tiene el agua. En la escuela aprendemos a leer y escribir. No aprendemos a hablar. Y sabemos y olvidamos dato tan singular. Llegamos a la escuela con el lenguaje puesto.

La palabra «agua» opera como símbolo, es una representación, que adquiere contenido en el curso de los años y que es un contenido o conocimiento que se modifica en la misma medida que nuestro conocimiento evoluciona y crece. La palabra «agua» es una representación formal, dependiente del conocimiento que hemos acumulado sobre dicha representación. La palabra no crea el conocimiento, sirve, tan solo, al conocimiento en un determinado rango. Y sabemos del agua, tenemos experiencia de la misma, antes de pronunciar, por primera vez «agua».

¿Existe conocimiento con anterioridad a la palabra? Sin duda alguna, El conocimiento es un paso previo a su uso. Y por ese conocimiento sabemos que la palabra agua forma parte del contexto «sed», del contexto «higiene», del contexto «placer», del contexto «alimentación», del contexto «naturaleza»… Y que dichos contextos que también son lenguaje anteceden a su cabal comprensión y correcto uso. Lo anteceden, sin que tengan necesidad, tan siquiera, de pronunciarse  cuando la conversación es presencial o se produce dentro de un contexto.

La pregunta que sobreviene, a renglón seguido, es de alta intensidad ¿es útil, antes de describir el contexto o resumiéndolo, advertir o anunciar el «estado causal», máxime cuando la conversación no es presencial? ¡Puede tener interés ocultarlo —se dirá— si queremos disfrazar o ocultar el miedo propio, pro ejemplo o intenciones oblicuas? Pues bien, de nuevo emerge, el «estado causal», la actitud taimada, en este caso, ordenando y dando instrucciones al lenguaje, estructurándolo y proporcionándole su específico sentido.

> «Estado causal» o «Adjetivo causal»

Usamos el lenguaje para realizar la conversación y diseminar el conocimiento, usamos, preferentemente, el lenguaje natural. Usamos después los distintos lenguajes dramáticos, pictórico, escultórico, teatral, cinematográfico y utilizamos a menudo, en mucha menor frecuenta, el lenguaje numérico que nos permite administrar el concepto cantidad.

¿Quién ilumina el mundo, el lenguaje natural o el conocimiento? Bien sabemos que el lenguaje, natural y numérico, son aplicaciones del conocimiento. Utilizamos ambos lenguajes, natural y numérico, para transmitir nuestro conocimiento y en tanto parte del árbol del conocimiento, su utilidad es grandiosa. Asunto que no debe inducirnos a pensar que lenguaje y conocimiento son sinónimos o que el lenguaje sustituye al conocimiento o que son, en en suma, su motor principal. Nada de eso es cierto. Constituyen aplicaciones, de gigantesco valor, que utiliza el conocimiento para propagarse.

Y que el lenguaje natural y numérico no advierta, no lo hacen los que se autoproclaman expertos, que su existencia se produce dentro de «estados causales», de grandes «bocadillos causales», de «adjetivos causales», contextuales, no es suficiente para negar su existencia. La negación no trasciende al ámbito de la paradoja (de extracción chusca).

Un nuevo lenguaje, vebor, computable y procesable, simultáneamente, por el hombre y por la máquina, exento en lo posible de inconsistencias, tan comunes en el lenguaje natural (ambiguo y anárquico) y el numérico (ensoberbecido e inexacto), debiera incorporar, eso que aquí hemos llamado, en grado tentativo, «estados causales», «adjetivos causales o antecesores».

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