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El ‘tiempo’ calla

18-febrero-2014 § § sin comentarios


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EL RELOJ que perdía tiempo

> Aforismos y axiomas

El peso de Jorge Wagensberg no depende de él mismo, de su humanidad, no es una característica que a él, únicamente, pertenece. El peso de Jorge depende, en mayor grado, de los asuntos que trate. Por ejemplo, cuando habla de matemáticas —ya se ha visto—, la fuerza gravitacional se dispara, su peso es mucho. Si sus aforismos, hablando de la «matemática», te caen sobre los pies, los pulveriza. Si se desprenden de la cornisa, desde lo alto, donde él escribe, te crujen el cráneo. ¡Ojo con Jorge! Los aforismos de Jorge Wagensberg no son de platino de iridio, pero debieran añadirse al Centro Nacional de Metrología. Constituyen parámetros, referencia, de gran rigor para la ciencia. Nadie debiera añadirse, sin más, a las labores docente y científica, sin un conocimiento cierto de los aforismos del profesor. Y los aforismos, dicho sea, resisten bien el paso del tiempo.Lo hacen mejor que los axiomas.

Sus aforismos sobre el ‘tiempo’, pesan lo suyo y no faltará quien escriba que ‘dan que pensar’». No es correcto. Si en algo dan es en la diana. Vuelan… pero pesan y de lo lindo. Intentas subirlos al regazo y te vuelcan.

Dice D. Jorge, muy pícaro, que «Los minutos son todos iguales para que el tiempo no sea responsable directo de los cambios que se suceden en la realidad». Sabe bien el profesor que las palabras no crean conocimiento, le sirven y no siempre con la diligencia que debiera esperarse de ellas. El lenguaje natural está trufado de equívocos, como el «año cero». ¿Qué cosa es esa? ¿Puede existir el año cero? Existe el segundo ‘uno’ del minuto ‘uno’ de la hora ‘uno, del día ‘uno’, del año ‘uno’, pero de ningún modo existe —ni persiste porque para «existir hace falta hacerlo una mínima fracción de tiempo»— el segundo ‘uno’ del minuto ‘uno’… del año ‘cero’. No existe el año cero, porque el homo sapiens, de momento, «utiliza el tiempo para referirse a los cambios».

> Atrapando tiempo

Se refiere Wagensberg a Las Meninas, de Velázquez —el primer cuadro que atrapa el tiempo e inventa el cine—, como la primera pintura de la historia «destinada a hacer fluir el tiempo».  La observación es de gran calado, un aforismo a tener en cuenta. Delante de Las Meninas, todos hemos posado un ratito para el gran genio: Velázquez. Es su regalo. Velázquez atrapa el tiempo y nuestro tiempo: nos inmortaliza. Nos observa, escudriña desde el otro lado. Posamos para él y para inmortalizarnos en el lienzo. Una tarea que realiza con testigos: la familia real. No es una broma. Las Meninas, constituyen una lisonja al tiempo. Cuando Felipe IV abrió la puerta vio una estancia con Velázquez al otro lado del lienzo. Y cuando se acercó a ver el lienzo, a ver lo que Velázquez inmortalizaba, vio, oh sorpresa, lo que había visto cuando abrió la puerta. Velázquez hizo la primera instántanea de la historia, que regaló a su Rey. Hizo la primera foto y podemos calcular, además, con su pintura, el tamaño de la estancia. ¿Y qué vemos los espectadores? Los espectadores no vemos, escuchamos. Velázquez nos requiere para estarnos quietos. Nos está pintando. Velázquez más que atrapar, atravesó el ‘tiempo’.

Las Meninas son como los aforismos, de D. Jorge, una urdimbre, filigrana, de mucho trajín, una pieza maestra, de extraordinaria riqueza. ¿Es cierto que Velázquez cambió el mundo? En efecto. Por eso Dalí propuso, ante un hipotético colapso de El Prado, que el primer esfuerzo de rescate debía consagrarse a salvar el ‘aire’, sí, el ‘aire’ de Las Meninas. Para Dalí era ‘aire’, espacio, para D. Jorge, ‘tiempo’.

> El tiempo como estancia

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A LA CARTA
Utilizamos el tiempo a la carta. A voluntad. Cada uno se sirve el suyo. No pasa el tiempo de igual modo para una persona que le sobra que para otra que le falta. El tiempo es hijastro de otras fuerzas. Decimos que las cosas suceden en un lugar, con una duración temporal, en una fecha señalada. Eso decimos y utilizamos ‘tiempo’ ya consumido porque, por fortuna, tenemos tiempo para gastar. «Utilizamos el cerebro —es otro aforismo— para salir de casa y la memoria para volver».
El tiempo presente, con cada fracción que consume, que agota, se muere a cada instante. Lo dijo el poeta, Octavio Paz. Circunstancia vital, innegociable, desde la que ponemos cara a lo desconocido, el tiempo en apariencia inmutable (astronómico) o el tiempo elástico de la Relatividad Especial.  Dice D. Jorge que «la armonía es el ritmo del espacio y el ritmo, la armonía del tiempo». La armonía como trasunto, como esfuerzo de composición.

El concepto tiempo, muy difícil de aprender para un niño y aún más para un adulto, vive entreverado en nuestro día a día, en nuestras conversaciones, en todas las áreas del saber y particularmente en la historia, consagrada a medir los acontecimientos que caben en el tiempo. Los desvela, los organiza, los combina y recombina, les asigna valores y lo hace en otra fracción de tiempo, posterior. ¿Qué tiempo está aprendiendo un alumno, el anterior o el posterior? El tiempo se desliza en nuestras vidas, camuflado como segundo, minuto, camuflado como fecha preñada de sucesos. Es el tiempo una constante esquiva empero omnipresente, deudor de otras fuerzas que lo recrean, y es un trampantojo, como perecedero, inmutable, elástico… Es muy difícil aprender el ‘tiempo’. Nuestros hijos nos pertenecen y nosotros, a su vez, pertenecemos a nuestros padres. Es una trama extraña, en apariencia inmortal. Si medimos nuestros latidos, sabemos que el ritmo cardiaco tiene fin. ¿Si medimos la vida de nuestro ADN, de sus piezas, su huella se propaga por el tiempo entendido como estancia (como lugar).

No parece que el tiempo sea causa de nada. No es una fuerza. Nada sabemos de él, excepto que el homo sapiens, lo utiliza para medir los cambios. No medimos los fotones, su número y tamaño, que trasladan la luz, medimos la luminosidad. No medimos los electrones su número y tamaño, medimos la diferencia de potencial entre dos puntos. No lo hacemos porque no sabemos. Tampoco sabemos qué cosa es el ‘tiempo`, pero lo fraccionamos.

> La inexactitud del tiempo

Hasta 1967 se definía el ‘segundo’ como la fracción 1/86400 de la duración que tuvo el día solar medio entre los años 1750 y 1890.

«Un segundo es la duración —ahora— de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a una temperatura de O K.»

Los desfases, claro, entre el’ segundo’ como unidad de tiempo astronómico y el ‘segundo’ medido a partir del tiempo atómico, más estable que la rotación de la Tierra, son inevitables y requieren correcciones para mantener la concordancia, o sea, cierta coherencia en nuestras vidas, entre el uno y el otro, el tiempo atómico y el tiempo solar medio. Lo que queda es que tenemos que sequire (seguir) porque sequire es el origen de la palabra ‘segundo’.

Para encontrar una alternativa más fiable, por ejemplo, a la última unidad de medida, el kilo, que utiliza un artefacto material de platino de iridio, el K24 —que se conserva en la caja fuerte del Centro Nacional de Metrología, en una campana de aire—, se busca un método con constantes físicas fundamentales. Necesitamos reemplazar al patrón físico de kilogramo que a pesar de los cuidados se separa en todas las mediciones (hemos llegado a los 50 microgramos de desviación en 100 años) del modelo patrón, sin que nadie pueda determinar si la desviación se produce en el modelo patrón (en París) o en sus escasísimas réplicas, una de ellas en Madrid.

Las alternativas son dos. La Balanza de Watt es una de ellas, que busca magnitudes eléctricas para medir la masa. Se inspira —¡todos firmes!— en fenómenos cuánticos, tomando como patrón la constante de Plank. Solo existe un laboratorio, hay que decirlo, que asegura estar encontrando niveles de incertidumbre aceptables. Otra alternativa se basa en el número de Abrogadro. Consiste en esferas de silicio monocristal de un mismo isótopo, el 28, cuya estructura molecular se conoce bien. Al conocer el número de partículas por mol se podría definir la masa de manera estable. ¿Qué alternativa tiene más visos de éxito? ¡Apuesten si miedo!

No es fácil porque la realidad, ay, esa cosa, no lo es. No es fácil medir un kilo, el peso es una fuerza (gravitatoria) afectada por numerosas variables, la inercia centrífuga de la Tierra, la presión atmosférica, la temperatura… Medir la masa de un kilo no es fácil. La realidad puede que sea precisa, pero de forma bien distinta a como la imaginamos. ¿Buscamos, acaso, la exactitud, cuando debiéramos buscar la armonía o ciertos rangos de armonía? Eso nos anticipa el profesor Wagensberg. Lo que queda es que tenemos que sequire. Aunque esto sea otro asunto, solo los bancos se muestran impermeables al tiempo. Para ellos no pasa. Siguen varados en los albores del absolutismo.  Vivir envejece, escribir este artículo también, los aforismos que dicta el profesor, sin embargo, no lo hacen. Se nos antoja que, por unos días, no lo hacen. Tienen el Don de la Gracia, lo que es de agradecer, en un ámbito del saber que pone mucho negocio en el comercio, con estraperlo, de quiasmos y retruécanos.

 

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