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El azote del ‘ambigüismo’

15-octubre-2013 § § sin comentarios


palabras

> Lenguajes de programación

Los lenguajes de programación, asociados a la ingeniería de sóguar, son  servidos, recibidos y procesados sin equívocos, con las mismas reglas que fueron creados. Es una características matricial de los lenguajes de programación, también de los que que soportan numerosos procesos de interacción (Internet). Son lenguajes, en tal sentido, cuyo contenido no varía, ni un ápice a lo largo del trayecto, desde que fueron escritos y tantas veces como se quiera utilizados y reproducidos.

En su contra, que son reglas que regulan procedimientos. Y procedimientos que no entran en el núcleo del mensaje que se transmite: el que de nuevo está sometido a interpretación, que contiene su preceptiva dosis de ambigüedad.

El lenguaje de programación, posee reglas que permanecen inalterables a lo largo de su trayecto vital, en toda su vida útil. No es el caso, por el contrario, del lenguaje natural, sometido y reducida su eficacia por la pesada carga de ambigüedad que se ve obligado a soportar. Ambigüedad que hace posible la aproximación entre individuos, que la facilita la interacción entre personas, su aproximación, pero que en ningún modo garantiza que dicha cercanía concluya en entendimiento. La palabra ‘nación’, tan de moda, en estos momentos, en España, en boca de unos y otros, tiene un significado, dependiendo de quien la invoque, incluso, diametralmente opuesto u antagónico.

> Las debilidades del lenguaje natural

¿Puede el lenguaje, mediante su uso depurado, diligente, ser una herramienta de precisión y entendimiento? Por sí solo, tiene grandes dificultades.  Reparemos por un instante en el lenguaje jurídico. Pareciera, a primera vista, que las palabras son el soporte material de la actividad legislativa. Pues bien, bien sabido es, que las leyes contienen un grado de tolerancia, son interpretables, debido a la imposibilidad teórica y práctica de acotar todas las derivadas de un hecho o parcela de la realidad. Lo intenta y haciéndolo produce una gran beneficio a la comunidad. Lo que queda es que leyes por sí mismas no pueden colmar la sed de justicia que a todos experimentamos. Las leyes necesitan de procedimientos de apoyo —práctica jurídica— para contrarrestar la merma de eficacia que inyecta el el lenguaje natural. La práctica jurídica, con las leyes en la mano,  acude a los procedimientos contradictorios —acusación y defensa—, porque aportaran luz que contribuye al esclarecimiento del hecho que se pretende juzgar.

A mayores, cuando no existe diligencia, cuidado, estilo depurado, en la escritura de las leyes, asunto más común de lo que parece y más en los tiempos presentes, con un exceso de legislación regulatoria, naturalmente, el problema de la ambigüedad se exaspera.

¿Puede el lenguaje por sí solo, sin apoyos de otros lenguajes o del contexto, lograr el anhelo de la precisión? No puede. Logra la precisión que cada caso necesita, ayudándose con el contexto, acotándolo; ayudándose con definiciones contingentes para el caso; ayudándose con otros lenguajes (por ejemplo, matemático o visual); ayudándose con ejemplos o experiencias. El lenguaje, por ´si solo, no logra la precisión, excepto cuando incluye hechos complementarios que solidifican su propósito.

Añadimos que en ningún caso nos estamos refiriendo a la ‘absoluta precisión’, un rango que esta fuera del dominio de los hombres.

> Fisiología de las palabras

lenguaje-cerebroUNA PARTE. NADA MÁS
QUE UNA PARTE
El lenguaje natural nunca fue la totalidad de la comunicación, jamás, pero lo es menos, aun menos, en el tiempo presente y perderá protagonismo, por sorprendente que pueda parecer, en la misma media, al mismo ritmo, que avanza el conocimiento
Nuestra especie ha creado un aparato fonador, el que utiliza el conocimiento para trasmitir su experiencia. La laringe es el órgano emisor, aunque tampoco se vale por sí mismo. Necesita los sistemas adyacentes, muchos, para convertirse en audible.  Y para que algo sea audible, imperativamente, se requiere que algo, previamente vibre, genere un onda y se expanda por el aire hasta que otro pabellón auricular lo capte, pasando a través de su conducto auditivo externo y chocando en su tímpano. No existe el aparato emisor sin la contraparte del aparato auditivo, el oído externo, el medio y el interno.

El oído externo, con su pabellón y su conducto auditivo externo. El oído medio, con su caja timpánica (martillo, yunque y estribo), sus mastoides y su trompa de Eustaquio; y el oído interno, con su laberinto óseo, su laberinto membranoso y la cóclea. La complejidad del lenguaje natural es deudor de un compleja red de sistemas que nos facilitan su uso.

El aparato fonador necesita, asimismo, del sistema de respiración, pulmonar. Utiliza el aire para producir sonido laríngeo, utiliza en su propósito, producir sonidos, las fosas nasales, la tráquea, los bronquios, los pulmones. El aire, para el sonido, resulta ser la energía; las cuerdas vocales, el órgano vibrador que produce ondas,; las fosas nasales, la cavidad bucal y la faringe, el órgano de resonancia; la lengua, los labios y dientes, el sistema de articulación de sonidos; y, por supuesto, un sistema nervioso, el central, el periférico y el vegetativo, integrador de todas estas funciones. No hablamos, aquí, de las partes del cerebro implicadas y su función rectora del sistema de lenguaje. Y hemos dicho rectora, con las hondas implicaciones que de ello se derivan.

De la complejidad física del sistema fonador y auditivo, muy intensa, se deriva, suficiente carga de variables, de aleatoriedad, para alimentar la ambigüedad estructural que posee el lenguaje.

Y da buena cuenta de lo que decimos, los atributos que por lo común se atribuyen al lenguaje. El atributo

Semántico. La capacidad de vincular un señal, un símbolo, con un contenido o conocimiento.
Supletorio. La capacidad para describir hitos u objetos lejanos, en el tiempo y en el espacio. Resuelve los problemas de distancia y de desplazamiento espacio-temporales. Vence, a su modo, la distancia espacio/temporal.
Generativo. Genera un número abultado de ideas con un número finito de palabras o recursos.
Sintáctico. Genera reglas para identificar con precisión lo que se comunica.

Atributos que, cosa curiosa, en todos los casos, no dependen del aparato fonador. Que dependen exclusivamente, en su modulación, de la parte del cerebro que usa el lenguaje; esa parte del cerebro que es deudor del conocimiento que posee, que acumula y que utiliza el sistema fonador y auditivo, ayudado por sistemas adyacentes.

No se discute que el lenguaje posea los atributos que se han enumerado, es muy censurable, no obstante, que los citados atributos tengan dicha potencialidad en modo absoluto. Son potencialidades que cada nivel de conocimiento uso de modo distinto y, puede decirse, que es distinto el provecho que obtienen los individuos de tales potencialidades.

El lenguaje es un instrumento del conocimiento, de la experiencia acumulada y cabe decir que en la actualidad el término ‘precisión’, su significado último, es mucho más sutil, más profundo, hasta el nivel intramolecular, que aquel que se pudo acuñar en el siglo XX antes de Cristo. ¿Es deudor, el lenguaje natural, entonces, del estadio del conocimiento, del tipo de conocimiento característico de los albores del homo sapiens o del rango de civilización, por ejemplo, de hace dos mil años? Desde luego que sí. Es deudor de los atributos antes citados que se formulan en modo absoluto —léanse los libros de texto donde se dice que el lenguaje genera un número infinito de ideas con un numero finito de palabras.

En todo caso —y no parece que los sistemas físicos implicados en el lenguaje, ya relatados, hayan evolucionado en dirección alguna, al menos de manera perceptible para la ciencia— podría decirse, eso sí, que sacamos más provecho, en la actualidad, a dichos sistemas. Por ejemplo, ahora tenemos ópera, música pop y un sinfín de nuevos instrumentos musicales.

> Lenguaje unidimensional

El lenguaje natural es extraordinariamente útil para facilitar la aproximación y el diálogo, para realizar la convivencia, pero estamos utilizando, crecientemente, lenguajes de apoyo para hacer prosperar y construir nuevos gradientes de entendimiento. La pareja, además, de palabras necesita hechos, actitudes y comportamientos que añaden extraordinario contenido a las palabras que usa; los que negocian la compra de otra empresa, necesitan balances, cuenta de resultados, conocer la potencialidad de las personas implicados, productos y prototipos futuros; los programadores de una televisión necesitan, antes de contratar una serie, ver capítulos, secuencias, hechos y en ocasiones testarlos ante el público.

El lenguaje natural es parte y no la totalidad de la comunicación. Para empezar es un lenguaje unidimensional (ondas sonoras).

> El conocimiento fue primero

El lenguaje está al servicio del conocimiento, sus atributos los regula el cerebro, su potencialidad, la determina el cerebro y el cerebro, a su vez es deudor del conocimiento que posee.

Se dice con frecuencia que el lenguaje, las palabras, son el motor del conocimiento, que la energía y la materia prima que utiliza el conocimiento, su combustible, invirtiendo los hechos, formulando la realidad de manera inconsistente, son las palabras. La existencia de realimentación entre palabras y conocimiento, es incontrovertible aunque no altera el hecho principal de que el lenguaje es un instrumento del conocimiento. Nuestra especie utiliza el lenguajes para expresar y transmitir su conocimiento y sus estados de ánimo. El conocimiento, naturalmente, que previamente se posee, destilado por la experiencia, y los estado de ánimo, a la sazón, previamente existentes.

Cierto es que utilizamos las palabras de otro —que transmiten el conocimiento previamente existente en el cerebro de nuestro interlocutor, un libro, una amigo, un padre, un profesor…— para aprender nosotros. Circunstancia que nada altera, sin embargo, el orden prevalente de las cosas. Primero es el conocimiento y después las palabras. Antes que la palabra que lo nombra, por ejemplo,  existe el instrumento musical. Primero es la temperatura y textura de su sonido, su forma, su construcción y después la palabra que lo nombra. Y no es menos cierto que aprendemos con imágenes, con el tacto, con el sabor, con el olfato, con la combinación de entre ellos, con la acción y que es un aprendizaje vital, primordial, en buena parte de casos, sin palabras.

> Vebor se enfrenta al azote del ambigüismo

Ell lenguaje natural, dedúzcase, tiene que convivir, por su propia estructura, por los hechos que lo constituyen, con la ambigüedad, que puede llegar a ser extrema. La ambigüedad hace robusto al lenguaje natural al favorecer la aproximación entre los hombres y lo hace, al mismo tiempo, escurridizo y responsable material de numerosos sinsentidos, de innumerables malentendidos y sinsabores, en algunos casos, con consecuencias dramáticas (guerras).

Entre lo que quiso decir el autor y lo que entiende el lector; entre lo que dice un interlocutor y lo que entiende el otro; entre lo que dice un ponente y lo que entiende la audiencia, existe siempre un espacio de cortesía, de tolerancia y en ocasiones, de confusión extrema, o de interpretación disímil, que desconcierta a las partes y las enfada o disgusta, propagando desazón y tribulación. Y puede ocurrir, incluso, conviene recordarlo, cuando las partes comparten premisas y objetivos. Cuando no hay concordancia de partida, los resultados, por lo común, suelen ser más inquietantes.

El estado del arte de las tecnologías y del conocimiento nos facultan para sentar las bases de un lenguaje multidimensional, con capacidad para superar las barreras idiomáticas, las fronteras, con mayor potencial generativo y al tiempo, capaz de organizar, llegando al umbral del conocimiento, la precisión que cada caso requiere. Un lenguaje con capacidad para reprimir la ambigüedad, un lenguaje consistente, versátil y multidimensional. Hablamos de Vebor.

¿Necesitamos otro tipo de lenguaje, no natural, con potencia generativa, que se corresponda con las exigencias del nuevo estadio del conocimiento? La respuesta es , con mayúsculas. Se necesita y con urgencia un nuevo lenguaje atinente con nuestro estado de conocimiento; un nuevo lenguaje que a los atributos conocidos, semánticos, supletorios, generativos y sintácticos, añada los de:

Consistencia. Un lenguaje que decante las contradicciones y que no pueda contravenir, si esa es la elección, el estadio de conocimiento que en cada momento, y en cada dominio del saber se alcanza.
Versatilidad. Que pueda ser tan preciso como se necesite, con apoyo de otros lenguajes, que pueda ser generativo, transversal a las frontera y los idiomas y fácil de usar.
Multidimensional. Que añada más dimensiones.

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